DESCONEXIÓN: la lucha que margina al ilustrador

Autor > Oscar Senonez / La ausencia de ilustraciones en este artículo es intencional.

Para seguir con las grietas en los enfoques militantes contra la IA que tracé en "ILUSTRACIÓN: Grietas en la lucha contra la IA", y después de hablar del futurismo, la paradoja regulatoria y el Quijotismo de la lucha,  llego a la desconexión. Un punto que me parece crucial, porque toca el nervio de lo que significa sobrevivir como ilustrador.

Cabe volver a señalar que estos artículos pretenden ser un análisis lo más objetivo posible, sin imponer mi mirada. Creo que ya se conoce mucho la perspectiva de la lucha idealista, pero poco la mirada cruda y las soluciones más concretas. Acá solo expongo cuestiones a considerar; luego cada ilustrador es libre, por supuesto, de tomar la posición que le parezca correcta.

La desconexión como problema central 

Hace unos años, cuando la IA empezó a meterse de lleno en los debates entre ilustradores, los entusiastas de siempre salieron a la palestra. Venían con ese optimismo desmedido, empeñados en convencernos de que lo que escupe un Prompt es Arte, con mayúscula, y que eso cuenta como ilustración. Por supuesto, se hacían los sordos ante el problema moral de fondo: estar usando una supuesta "herramienta" que se construyó saqueando derechos de autor. 

Mi postura por entonces fue la de esperar y ver. No quise subirme a ese tren de la euforia que hacía gala de una ceguera ética tremenda. Ingenuamente, pensé que las cosas se acomodarían solas. Creí que, ante el rechazo generalizado por el robo de nuestro trabajo, las empresas rectificarían y el avance sería mucho más pausado. Hasta Adobe se había comprometido a que su Firefly sería una IA "ética". 

Pero la realidad es otra. Nada de eso pasó. Y aunque es cierto que la IA avanza más lento de lo que nos vendieron, no se detiene; se va colando en cada rincón de las industrias que usan ilustración (este mismo agosto de 2026, el mismísimo Sam Altman tuvo que admitir que no han logrado penetrar el mercado a la velocidad que esperaban pero siguen adelante : XATACA, confirmando lo que ya comenté en FUTURISMO). 

La lucha contra la IA está justificada, es ética, es moral… pero si en la batalla no se observa el panorama completo (lo que ya mencioné en artículos anteriores) y no se mantiene una conexión real (no solo teórica, filosófica o idealista) con el ilustrador como trabajador, se corre el riesgo de perder el eje de la lucha: defender la supervivencia del ilustrador. 

La desconexión surge cuando la lucha contra la IA, por más noble que sea en su rechazo ético, termina aislando al ilustrador de un mercado que ya está cambiando. No hablo de capitular ni de abrazar la máquina sin cuestionarla; hablo de reconocer la posibilidad de lo que planteé en "Futurismo": la IA no eliminará el oficio, pero sí puede que lo acelere.

Autoexclusión por principio 

La postura militante contra la IA suele pedir un rechazo de libro: no usarla ni un poco, no tener ningún trato con ella y, en algunos casos, hasta intentar que nadie más lo haga. Pero si se cumple lo que vengo advirtiendo, esa negativa en bloque a aprender o a tantear cómo puede encajar en tu flujo de trabajo va a terminar dejando a muchos ilustradores fuera de juego. 

Mientras se lucha contra la IA en abstracto (con sus leyes, sus debates y sus medidas), ella sigue colándose en cada engranaje de la producción editorial, publicitaria y lo que surja. Los ilustradores, enfrascados en su cruzada ética y con las manos atadas, pueden estar dejando pasar un tiempo de oro para aprender. Porque sí, la IA avanza más lento de lo que nos vendieron, pero no se detiene, y esta ventana de transición no va a estar abierta para siempre. Y si en este tiempo de resistencia no se aprende a integrarla, aunque sea a medias, en el propio proceso creativo... las opciones de quedarse atrás se disparan. 

Pongamos el foco en el mundo editorial, ese terreno que tanto piso en este espacio. La IA ya está metiendo prisa a todo el proceso: escupe borradores, arma maquetas preliminares, pule textos. Exprime los plazos. Un libro que antes se cocinaba durante meses, de pronto va a exigir entregas en... no sé, ¿semanas? Y el editor, asfixiado por los márgenes y la competencia, va a exigir ese ritmo. ¿Y el ilustrador? Si se cierra en banda y se niega a tantear cómo la IA puede echarle una mano en ciertas fases, se va a quedar atrás. Simplemente, no va a poder con ese ritmo. No digo que esto vaya a estallar mañana, pero es un panorama que más nos vale tener en el radar. 

Principios, práctica y supervivencia 

La lucha idealista, cuando se desconecta de la práctica diaria, termina siendo estéril. Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿de qué sirve ganar batallas éticas si el mercado te deja fuera? Sí, sirve. Para la integridad, para el autoestima, para dormir tranquilo. Pero hay que ser honesto: el dilema ya no es solo ético o moral. Es también práctico, de supervivencia pura y dura.

Mantener la integridad siempre tiene un precio (siempre lo ha tenido, en cualquier oficio). Y ahora toca preguntarse: ¿cuántos están dispuestos (o pueden) pagar ese precio? Para quien pueda asumirlo, el debate se cierra ahí. Pero, ¿y los que no? Al final, esa desconexión no protege el oficio: lo termina marginando. 

¿Aprender sobre IA es traicionar principios? ¿Puede ser una herramienta subordinada, como un pincel digital más? Cada uno tendrá que darse sus propias respuestas, pero con una cosa clara: el mundo y su avance tecnológico no nos esperan. Siguen moviéndose.

Ahora, independientemente de la postura que cada uno tome, hay una tercera cuestión que no se puede esquivar. Tanto los que se oponen en bloque como los entusiastas que la defienden a ciegas tienen que enfrentarse a la misma pregunta de fondo, y esta sí que es tanto conceptual como práctica para el oficio: ¿cuándo una obra hecha con intervención de IA puede considerarse ilustración propiamente dicha, y cuándo deja de serlo?

De eso hablaré en el próximo artículo, mientras seguimos avanzando hacia conclusiones más prácticas. 

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