La ilustración ante la IA: entre el rechazo furioso y la adaptación entusiasta
Autor > Oscar Senonez / La ausencia de ilustraciones en este artículo es intencional.
En artículos anteriores exploré brevemente algunos hitos de la historia de la ilustración, proponiendo una división simple en tres etapas (Expresión, Proto-ilustración e Ilustración per se) para distinguir qué es y qué no es ilustración. El recorrido fue amplio: de las pinturas rupestres a Pablo Picasso y Henri Matisse.
Ahora, para continuar esa reflexión, hago un salto temporal al presente inmediato: la irrupción de la IA en la escena de la ilustración.
Lo ya dicho y lo que queda por pensar
Ya abordé lo principal sobre este tema en mi libro El Manifiesto ilustracionista del Siglo XXI. No repetiré aquí todo lo desarrollado allí, La "IA" plantea variados dilemas, pero en éste artículo abordaré una cuestión laboral y señalaré algunas incógnitas que parecen quedar fuera del debate cada vez que se habla de la amenaza de la IA sobre la ilustración.
A grandes rasgos, observo dos extremos igualmente problemáticos. Por un lado, el colega furioso con la IA (con muy buenas razones) que se niega a tocarla y milita por su eliminación total. Por el otro, el colega entusiasta que la abraza con fervor, convencido de que con IA también ilustra y hace arte.
Entre dos extremos defectuosos
Si tuviera que inclinarme, estaría más cerca del furioso: al menos reconoce el riesgo y la falsedad de llamar "arte" a algo generado por algoritmos. Sin embargo, en la práctica me ubico en un punto intermedio, intentando mantener una mirada lo más objetiva y equilibrada posible. Porque ambos polos presentan falencias serias.
El entusiasmo ingenuo ( y oportunista)
El entusiasta suele pecar de ingenuidad o de oportunismo, especialmente aquellos que, antes de la irrupción de la IA, ya demostraban poco dominio del dibujo y la pintura. Creer que la IA "ilustra" o genera arte implica ignorar que el oficio requiere dependencia, intencionalidad humana, interpretación y una cadena comunicativa clara.
Si algo demuestran todos estos artículos que vengo realizando (desde el primero hasta este, que nos trae al presente con la IA) es que la ilustración no consiste simplemente en producir imágenes. Si así fuera, la IA lo haría sin problemas: mejor, más rápido y más barato.
Por eso, mientras existan textos que necesiten ser iluminados por alguien que los lea, los comprenda y los traduzca visualmente con criterio humano, habrá ilustradores. El resto es ruido algorítmico.
El enojo que no alcanza
El colega furioso, por su parte, parece ignorar que la IA no es un problema aislado del ilustrador: afecta a todo el ecosistema. Recuerdo haber leído en LinkedIn a una usuaria que afirmaba algo como: "A mí no me interesa la IA. No me importan los prompts, ni los tips para IA, ni usarla para aumentar productividad. No pienso utilizar una IA, no pienso validar algo que conduce a la precarización y a los bajos salarios".
Es una postura respetable y coherente en sus motivos. Pero si el problema pudiera resolverse mediante una negación individual, sería ideal. El inconveniente es que la IA no solo impacta en el ilustrador. En el mundo editorial invade al editor, al diseñador, al escritor, al traductor, e incluso a la imprenta, la distribución, las librerías, al lector. Todo. Y es más que probable que existan (o existan pronto) IAs especializadas y cada vez más sofisticadas para cada uno de esos eslabones.
Un ecosistema que empuja
Aunque un ilustrador se niegue a usarla, no puede evitar que el ecosistema entero lo haga. Y como no somos entes aislados, es casi seguro que, tarde o temprano, seamos empujados a adaptarnos a nuevas formas de trabajo.
Pareciera que solo hay dos opciones: saltar del tren de la IA, con el riesgo de quedar total o parcialmente excluido del mundo editorial, o abrazar totalmente la IA sin miramientos. ¿Existe una tercera vía? ¿No resulta torpe negar esta realidad?
Es fácil (y a menudo justo) criticar al colega que abraza la IA de manera entusiasta y oportunista. Pero ¿con qué superioridad moral se puede juzgar a quien se adapta, parcial o totalmente, para sobrevivir? Al fin y al cabo, el oficio del ilustrador también es una forma de ganarse la vida: comer, pagar cuentas, existir. Cuando la ilustración es un hobby sostenido por otro ingreso, el dilema no aprieta tanto. Pero para quien depende exclusivamente de ella, ¿no es casi un lujo negarse?
Un dilema abierto
He planteado entonces un dilema que los furiosos suelen omitir, y otras preguntas que en este artículo no responderé: ¿es posible adaptarse sin traicionar el oficio, sin producir basura desechable escupida por una IA?, ¿O toda adaptación implica, inevitablemente, la anulación del oficio y una mayor precarización?
Éste rincón no se enfoca ni se enfocará en hablar sobre la IA, pero es un tema ineludible.
Tomen este texto (y El Manifiesto) como una introducción a futuros análisis que continuaré desarrollando sobre la ilustración en este panorama digital.
