LA ILUSTRACIÓN ATROFIADA: ¿Y SI TODO SE VUELVE "IA"?
Autor > Oscar Senonez / La ausencia de ilustraciones en este artículo es intencional.
En artículos anteriores he analizado el panorama de la ilustración frente a la irrupción de la inteligencia artificial (ncluso en el Manifiesto Ilustracionista del Siglo XXI abordando un tema más filosófico y moral sobre la IA) y defendí un futuro intermedio para el oficio: ni apocalíptico ni utópico.
Una supervivencia ( supongámosla "digna"), aunque necesariamente transformada.
Sin embargo, para ser intelectualmente honesto, debo confrontar una posibilidad más sombría: la de que la ilustración (entendida per se, como práctica humana consciente, cargada de autoría y decisión personal) termine extinguiéndose. No solo como sustento económico, sino como forma cultural significativa. La muerte del oficio traería consigo, casi inevitablemente, la muerte de la autoría tal como la entendemos.
Este escenario no sería el resultado de una superioridad técnica aplastante de la IA, sino de algo más profundo y triste: el acostumbramiento visual colectivo a lo algorítmico. Un progresivo y silencioso cambio de gusto hacia lo falso, lo industrial, lo barato en esencia.
La normalización (y eventual preferencia popular) por la imagen mediocre, pulida y predecible.
Y esto, lamentablemente, ya ocurre en buena medida. Lo vemos en la música que se consume masivamente, en el contenido audiovisual y en otras expresiones artísticas donde la mediocridad no solo sobrevive, sino que muchas veces triunfa. La lógica algorítmica premia lo fácil, lo adictivo y lo inmediatamente digerible, entrenando al público a aceptar (y luego a preferir) productos culturales de baja densidad estética y emocional. La ilustración no sería más que la siguiente víctima de este mismo proceso.
Imagina esto:
Es un martes cualquiera de 2035. Te levantás a las siete de la mañana. En la cocina, la pantalla de la heladera muestra una imagen algorítmica del desayuno perfecto: café con una onda de vapor demasiado simétrica, tostadas con luz dorada cinematográfica y una fruta cortada con precisión quirúrgica. Bajás al subte y el vagón está forrado de publicidad generada en tiempo real: rostros bellos pero genéricos, sonrisas calibradas para maximizar empatía, composiciones impecables que nadie recuerda cinco segundos después.
Llegás a la oficina. En la pared digital del open space rotan "obras de arte" institucionales: paisajes inspiradores, retratos motivacionales, abstracciones suaves que transmiten "creatividad" sin ofender ni desafiar a nadie. Nadie pregunta quién las hizo. Nadie lo necesita. Son solo "imágenes Correctas", agradables, baratas.
Al mediodía scrolleás el feed mientras comés. Miles de "ilustraciones" inundan tu vista: cada una técnicamente superior a lo que cualquier humano podría producir en menos de una hora. Sin embargo, después de diez minutos ya no distinguís una de otra. Todas tienen esa misma cualidad luminosa, esa misma ausencia de resistencia, esa misma alma prestada de un promedio estadístico de millones de imágenes anteriores.
Y lo más inquietante: ya casi no te molesta.
Te acostumbraste.
En este escenario de indiferencia estética, donde prima el gusto por lo falso, lo pulido y lo mediocre, el oficio de la ilustración tal como lo conocemos estaría condenado a morir.
Las empresas, agencias, editoriales y plataformas no necesitarían ya contratar ilustradores humanos: bastaría con pulsar un botón para obtener imágenes a una fracción del costo, en minutos y con resultados técnicamente aceptables para el estándar promedio. La lógica económica haría el resto. ¿Para qué pagar por una mirada humana, con sus dudas, sus tiempos y su costo, cuando la máquina entrega de inmediato algo "suficientemente bueno"?
LA ILUSTRACIÓN EN LA SOCIEDAD
He notado que quienes tienen una mirada más pragmática de la vida suelen desdeñar el arte. Lo relegan a un segundo plano, considerándolo poco más que un adorno, una cuestión decorativa sin verdadero peso ni función social concreta.
No voy a detenerme aquí a discutir si el arte "sirve" para algo o si posee una utilidad práctica demostrable para el individuo y la sociedad. Ese debate, tan recurrente como estéril, ya ha sido agotado muchas veces.
Solo quiero señalar un hecho que muchos pasan por alto, incluso muchos artistas: EL ARTE EDUCA .
Un estudio reciente publicado en Cogent Education (2026) ofrece evidencia empírica de algo que los ilustradores sabemos intuitivamente: la exposición prolongada a ciertos tipos de imágenes moldea de manera significativa la cognición estética de las personas. El investigador Chia-Rong Lee analizó cómo estudiantes procesaban visualmente diferentes estilos de ilustración digital y concluyó que estas imágenes efectivamente enriquecen y diversifican su percepción estética.
Hasta aquí, la noticia parece positiva. Sin embargo, es crucial hacer una distinción que el estudio no aborda: las ilustraciones analizadas eran obras creadas por humanos, con intención, decisiones conscientes y oficio. No se trataba de promedios estadísticos generados algorítmicamente.
Esto refuerza una idea central: las imágenes NO son neutrales. Educan o deseducan la mirada. Entrenan la sensibilidad o la adormecen. Si la cognición estética se forma principalmente por lo que se ve de manera masiva y repetida (y todo indica que así es), entonces reemplazar mayoritariamente la ilustración humana por imágenes generadas por IA no sería un simple cambio tecnológico. Sería un cambio en la dieta visual de toda una sociedad, con consecuencias profundas y previsibles sobre cómo las nuevas generaciones perciben, valoran y sienten la belleza.
En un estudio publicado en iScience ( 2025), los investigadores analizan por qué las personas tienden a valorar menos una obra cuando saben que fue generada por inteligencia artificial, incluso cuando no pueden distinguirla visualmente de una creada por un humano.
Los resultados son consistentes: al revelar el origen algorítmico, cae significativamente la percepción de belleza, profundidad emocional, novedad, artesanía y hasta valor moral de la imagen. Los seres humanos percibimos, aunque sea de forma intuitiva, la ausencia de intención real, de experiencia encarnada y de riesgo personal detrás de la obra. No se trata solo de un prejuicio cultural pasajero. Es una respuesta profunda que revela cómo valoramos la imagen: no meramente por su apariencia superficial, sino por lo que intuimos que hay (o no hay) detrás de ella.
Si en un futuro próximo la gran mayoría de las imágenes que consumimos diariamente sean generadas por IA, estaremos exponiendo a toda una sociedad a una dieta visual sistemáticamente empobrecida. El acostumbramiento haría el resto: lo que hoy genera rechazo o extrañeza, mañana se volverá el nuevo estándar de "normal". Y con él, se atrofiaría silenciosamente nuestra capacidad de percibir y valorar la belleza auténtica.
"Lo barato sale caro": Las consecuencias de una sociedad con atrofia visual.
La belleza ( como bien advierte el filósofo Roger Scruton ) no es un lujo subjetivo ni un simple placer sensorial, ni algo reservado para museos y momentos de ocio, sino un valor real y universal, anclado en nuestra naturaleza racional.
El encuentro con lo bello exige un tipo particular de atención: una contemplación desinteresada, donde el objeto se valora por sí mismo, no como medio para otro fin.
El arte verdadero (y las imágenes que lo encarnan) cumplen una función formativa esencial: educan la mirada. Nos enseñan a percibir sutileza, orden, armonía y significado donde otros solo ven ruido o decoración. Desde la belleza mínima de una calle bien dispuesta hasta la grandeza de una gran obra, estas imágenes no solo deleitan, sino que moldean nuestra sensibilidad, refinan nuestro gusto y contribuyen a construir un mundo habitable.
Cuando una sociedad pierde la conciencia educada de lo bello, no solo pierde placer estético. Pierde orden haciendo que los individuos se inclinen naturalmente hacia el desorden y el caos.
No da lo mismo un buen diseño que uno malo o mediocre. Un buen diseño (ya sea una interfaz, un espacio público, un producto cotidiano o una ilustración) transmite cuidado, respeto por el usuario y sentido de pertenencia. Favorece la civilidad, la atención sostenida y hasta cierto sentido de gratitud hacia el mundo construido.
Un mal diseño, en cambio, genera irritación sutil, hastío, distracción constante y, a largo plazo, una especie de resignación ante la fealdad. Entrena al individuo a tolerar lo mediocre y a dejar de exigir lo que está bien hecho.
En definitiva, la educación de la mirada no es un asunto elitista ni abstracto. Es profundamente práctico. Moldea cómo percibimos el valor de las cosas, cómo tratamos los espacios comunes, cómo exigimos (o dejamos de exigir) calidad en lo que nos rodea. Un pueblo que ya no distingue ni valora la belleza mínima termina viviendo en un mundo ligeramente más feo, más caótico y, en última instancia, menos humano.
Podríamos prever, en un escenario de acostumbramiento a la IA, una desensibilización sensorial, perdiendo la capacidad de apreciar (y exigir) calidad, donde lo mediocre deja de percibirse como mediocre.
Se generaría una pérdida del sentido del valor y del cuidado. La imagen se descarta más, se valora menos y se instala una mentalidad de descarte que no solo afecta a las imágenes y a las cosas, sino que se extiende a otras esferas de la vida.
La uniformidad llevaría a una pérdida de carácter, donde casi todo se ve igual. Un fondo visual monótono que crea fatiga y depresión.
Donde lo artificial es valorado por encima de lo real y donde las máquinas son valoradas por encima de lo humano, es de esperar una deshumanización de la creación. Erosiona la dignidad del esfuerzo creativo (y del trabajo en general). Si una IA lo hace más rápido y barato…¿qué valor tiene el trabajo humano?. Adviértase aquí no solo la pérdida del oficio o el empleo sino la pérdida del sentido, propósito o realización humana.
Una generación que crece valorando la simulación tenderá a exigir menos de sí misma y de los demás. Se debilitará el impulso, la superación y la búsqueda de excelencia. Una alienación del individuo, la desconexión con la realidad.
CONCLUSIÓN
Cuando reemplazamos masivamente lo real, lo humano, por simulacros algorítmicos, no estamos mejorando el mundo visual. Estamos empobreciendo nuestra propia imagen de lo que significa ser persona.
Quiero reafirmar mi postura: el oficio de la ilustración sobrevivirá. Transformado, sí, pero seguirá existiendo con fuerza.
Sin embargo, era necesario asomarnos a este escenario posible (y ciertamente sombrío) y mirarlo de frente, sin atenuantes. Solo confrontando honestamente lo que podría ocurrir si nos rendimos al acostumbramiento visual, a la preferencia por lo artificial y a la mediocridad barata, podemos entender de verdad qué está en juego: no solo el futuro de un oficio, sino la calidad de nuestra mirada y la densidad humana de la cultura que dejamos a las próximas generaciones.
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Links a los estudios mencionados:
- Estética algorítmica: perspectivas cognitivas sobre el arte visual generado por IA
