Los pésimos ilustradores
Autor > Oscar Senonez / La ausencia de ilustraciones en este artículo es intencional.
En el artículo anterior dejé claro por qué obras como La Mona Lisa o la Capilla Sixtina, pese a haber nacido de encargos y narrativas, no son ilustración: son expresión soberana, "arte mayor" en el que la imagen domina y no sirve humildemente a un mensaje ajeno. Hoy voy un paso más allá, porque la historia del libro ilustrado está llena de intrusos ilustres que, con todo su genio, fracasaron estrepitosamente cuando intentaron ilustrar. Dos nombres famosos en esa lista son Pablo Picasso y Henri Matisse.
Genios de la pintura, fracaso del oficio
Sí, los mismos que revolucionaron la pintura moderna. También los mismos que algunos colegas citan como modelos para "elevar" la ilustración al "arte mayor". Pero, desde el punto de vista del oficio que defiendo ( dependiente, clarificador, subordinado ), fueron pésimos ilustradores. No por falta de talento, obviamente, sino quizás por una combinación de ¿soberbia, desdén y negación?... negación absoluta de las reglas que hacen posible la ilustración.
Matisse y el libro como pretexto
Tomemos a Matisse y su célebre Jazz (1947). Un libro deslumbrante: recortes de papel gouaché, colores vibrantes, formas orgánicas que bailan en torno a temas circenses. Pero ¿ilustra algo? El texto ( escrito por el propio Matisse ) parece un añadido secundario, casi una excusa. Las imágenes podrían colgarse en una galería sin perder nada; el libro se percibe más como un portafolio encuadernado. No hay diálogo real con el texto: la imagen precede, domina, eclipsa. Matisse no se somete a la disciplina de la página ni a las exigencias de la reproducción; prioriza su expresión personal sobre cualquier intención clarificadora.
Picasso y la imposición del estilo
Picasso no se queda atrás. Sus colaboraciones con Ambroise Vollard —Le Chef-d'œuvre inconnu de Balzac (1931), Lisístrata de Aristófanes (1934), las Metamorfosis de Ovidio, reúnen grabados magníficos, cubistas o lineales según la etapa. Pero, de nuevo, ¿ilustran? No. Son interpretaciones libres, a menudo tan personales que podrían desprenderse del libro sin daño alguno. El texto es un pretexto para desplegar su estilo; la página, un obstáculo. Picasso impone su visión sin adaptarse al formato, al ritmo narrativo ni a las condiciones técnicas de la reproducción. El resultado suele ser un libro desintegrado: un contenedor de láminas más que un todo coherente.
El desprecio por las limitaciones
¿Qué une a ambos? El desprecio por las limitaciones del oficio. No estudian ( o directamente parecen despreciar ) cómo su dibujo se comportará en impresión: registro de color, textura, escala. No aceptan que la ilustración debe subordinarse al texto, dialogar con la mise en page, servir al lector. Prefieren que el libro funcione como excusa para su obra gráfica. Es soberbia de pintor: el genio por encima de las reglas "menores".
El error de querer "elevar" la ilustración
Paradójicamente, algunos ilustradores actuales los veneran precisamente por eso, intentando "liberar" la ilustración de su condición dependiente para convertirla en "arte mayor". Y ya lo mencioné en otro artículo, ahí está el error. La fuerza de la ilustración no reside en liberarse de las limitaciones, sino en abrazarlas... y abrazarlas con fuerza. En ser el eslabón humilde que ilumina un mensaje ajeno. Si quieres "liberación", dedícate al "arte mayor", a hacer imágenes que no se "sometan" a algo externo (como un texto), es decir, NO seas ilustrador, te equivocaste de oficio.
Disciplina antes que genio
Picasso y Matisse produjeron libros hermosos, objetos de colección para élites. Pero no buena ilustración. Fueron intrusos brillantes que, al negarse a someterse, demostraron por qué el oficio necesita disciplina, no solo genio.
No los critico como artistas ( son titanes en la historia del arte, se han ganado su lugar ya sea que te gusten o no sus obras ). Los critico como ilustradores: pésimos, porque para mi nunca quisieron serlo de verdad.
Una anécdota personal que refuerza todo esto me ocurrió hace algunos años. Me tocó re-ilustrar un libro ( o, mejor dicho, volver a ilustrarlo, que es un fenómeno bastante común en el mundo editorial, y merecerá su propio artículo ). El ilustrador anterior era un colega reconocido, talentoso y con un estilo gráfico que admiro profundamente.
Re-ilustrar con semejante antecedente es intimidante, lo admito. Pero al leer el libro con sus imágenes, noté algo que me tranquilizó y a su vez me llamó la atención: por más expresivas y potentes que fueran sus ilustraciones ( y gráficamente me encantaban ), se habían alejado bastante de la clave del texto y del relato. Caían, sin quererlo quizá, en el mismo error que Picasso y Matisse: poner su genialidad por encima del acompañamiento humilde al mensaje ajeno.
Mi trabajo, mucho más modesto en lo gráfico comparado con el suyo, creo que resultó más acorde al texto. No porque fuera mejor artista ( ni de lejos ), sino porque prioricé servir al relato en lugar de imponer mi visión.
Y allí me surgió otra reflexión: no todos los ilustradores somos para todos los textos. Pero de eso, como de la re-ilustración en sí, hablaré en otra oportunidad.
